Cuando los aviones empezaron a bombardear ya estaban a salvo en el refugio anti-aereo, pero seguía estando muy asustada. Era normal, al fin y al cabo, sólo era una niña. Las guerras no estaban hechas para los niños... bueno, y para nadie. De repente escuchó una explosión muy cerca. Miró hacía fuera por una pequeña rendija, y vio a un hombre sin cabeza que andaba unos metros justo antes desplomarse. Cerró los ojos y se abrazó a su madre todo lo fuerte que pudo. Intentó pensar en otra cosa. Imaginó que lo que acababa de ver había sido un pollo corriendo sin cabeza. No le resultaba difícil de imaginar, lo había visto alguna vez en casa de su abuelo. Él tenía conejos y pollos en casa, y más de una vez, cuando le había cortado la cabeza a algún pollo para comer, este había salido corriendo sin cabeza por el patio. Como si su cuerpo todavía conservara el instinto de supervivencia y quisiera escapar. A ella la primera vez le asustó mucho, pero luego ya le resultaba hasta divertido. Mientras pensaba en todo eso sonó la sirena que anunciaba que el bombardeo había pasado. Abrió los ojos muy lentamente. Seguía abrazada a su madre con la cara llena de lágrimas. Estaba claro que la guerra no estaba hecha para los niños.
Al cabo de un tiempo la guerra terminó, y ella poco a poco fue borrando esos recuerdos. Ahora cada vez que pensaba en aquel día sólo podía ver un pollo corriendo sin cabeza.
Dedicado a mi abuela Carmen que me contó la historia del hombre que corría sin cabeza.